La integración social de personas adultas con algún tipo de discapacidad intelectual es un proceso complejo pero que, en última instancia, constituye un objetivo irrenunciable.

Desde luego, lograr la plena independencia de una persona discapacitada (o conseguir el mayor grado de la misma) es una de las mejores formas de culminar su desarrollo personal y emocional. La autonomía confiere una mayor calidad de vida en tanto las personas se ven mucho más realizadas, ya sea porque han tomado el mando de una casa (con sus tareas domésticas) o porque se ven menos dependientes de terceros.

A lo largo de su vida infantil y juvenil, estas personas han debido contar con un intenso apoyo por parte de familiares o cuidadores, provocando que sus habilidades para valerse por su cuenta y riesgo se hayan visto mermadas en pos de una mayor seguridad. En consecuencia, no es sencillo que la integración en un mundo de adultos propiamente dicho se lleve a cabo de manera exitosa. Las personas discapacitadas han de haber aprendido cómo desenvolverse y, sobre todo, perder cualquier temor a verse solos frente a las eventualidades diarias.

En este sentido, lo más común y recomendado es recurrir a algún programa profesional de apoyo a la integración de personas con discapacidad intelectual como individuos independientes. Hablamos de planes específicos que instruyen a los interesados sobre cómo afrontar un reto tan importante, les enseñan formas de vivir y convivir, y les aleccionan sobre aspectos como la higiene personal, el cuidado de una vivienda o la planificación de tareas. En definitiva, crean un marco de desarrollo seguro para que la persona no se sienta desorientada al dar el paso.

El acompañamiento de familiares, sobre todo de los padres, no es indefinido y no tiene ningún sentido posponer la independencia de las personas discapacitadas hasta que ya no les quede más remedio. Los planes de la Fundación Carmen Pardo-Valcarce han conseguido importantes logros en este campo gracias a estrategias integrales y progresivas. Desde 2011, la Fundación dispone de viviendas supervisadas para que los interesados vayan descubriendo con total seguridad en qué consiste exactamente la vida adulta autónoma. De este modo, los miedos iniciales van perdiéndose de manera tutelada.

En 2013, los programas de la Fundación Carmen Pardo-Valcarce se ampliaron con la habilitación de un servicio de vivienda de entrenamiento. Este entorno es el peldaño siguiente a la vivienda tutelada y supone una recreación perfecta de lo que será la vida totalmente independiente de estas personas. Lógicamente, en todos los casos, las instalaciones han sido diseñadas para acoger a personas con las necesidades más habituales en estos casos. Todos estos programas se complementan con iniciativas específicas para el tiempo libre o la formación, ofreciendo las máximas garantías para tener una vida propia y plena.

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